
Esta noche cuando regresé a casa mi sobrino Álvaro estaba aquí para dormir con nosotros. Tiene 8 añitos, unos ojazos que te pierden y una sonrisa que te desarma.
Estaba ya tan agotado que había que llevarlo a la cama, pero como le tiene miedo al no sé qué (¿de qué se tiene miedo a los 8 años?), hay que acompañarlo a la camita.
Así que me ofrecí y en la cama de 90 me acosté de canto a su lado mientras él intentaba no cerrar los ojitos.
En un impulso de esos que no sé de dónde salen se dio la vuelta y se me quedó mirando de frente mientras me decía: “Tía, te quiero tanto que te reviento”.Su sonrisa deslumbraba y parecía que la luna que hay fuera se metiera entre los dos. Le pregunté que quería decir con eso, que si me iba a reventar de verdad de la verdadera. y esperé.
De nuevo su contestación simple me dejó sin palabras: “No, reventarte no, pero si te abrazo todo lo que te quiero te desintegrarías porque sería demasiado fuerte”.Me regaló otro te quiero mientras luchaba contra sus párpados. Su mano reposó en mi mejilla, sus piernas encima de una de las mías.
Y así sonriendo, se durmió en menos de cinco minutos. Al sexto abrió los ojos para comprobar que aún estaba a su lado. Y sí que estaba allí, con la ternura de su mano en mi mejilla, con su cara a mi lado, con mi cabeza pensando en qué fácil es hacer feliz a alguien.
Tan simple como una caricia, una sonrisa. Pensé en lo feliz que se es cuando alguien a quién quieres comparte, aunque sea de canto tu cama, la cama de un día, de una noche y pone su mano en la mejilla. Cuando te sonríen y la luna se mete entre las sábanas.
Cuando, simplemente, te dicen que te quieren a reventar. Y tú no sabes que contestar porque se ahogan las palabras en la emoción y te quedas con cara de tonta. Eso sí, una tonta que quieren a reventar. Todo un lujo, un privilegio.